Enseñar a ser feliz

Enseñar a ser feliz no significa en ningún modo hacerles inconscientes.

Más de una vez hemos hablado sobre la contraindicación que supone llevarles entre algodones, protegerlos de todo y cuanto acontezca (en la calle, el colegio, las amistades… la vida en general). Así no cultivamos su felicidad sino su autocomplacencia: seres que no aceptarán nunca una frustración, seres que piensan que este mundo es perfecto, hecho a su medida. Esto NO sería en ninguna forma enseñarles a ser felices.

Enseñarles a ser felices pone mucho más en valor la alegría y el dolor: saber disfrutar de los momentos y las personas que nos rodean y también de cultivar la fuerza para superar momentos bajos y problemas con las personas queridas.

También en los más pequeños: vernos contentos y que desprendemos optimismo, a pesar de todas las mochilas que acarreamos, supone un excelente modelo. Atención, desprender buen humor, optimismo y felicidad no significa obviar los problemas, ignorarlos o esconderlos: significa trabajarlos, superarlos o reemprenderlos pero sin cargas de error o culpabilidad. Es la forma de afrontar las dificultades la que nos dota de una carga de felicidad optimista, o de derrota y pesimismo por el contrario.

Algunas veces parece tener una carga peyorativa: ¿cómo se puede ser, mostrar y regalar felicidad con la que está cayendo en el mundo?

Aprender a ser feliz es el resultado de regalar felicidad a los demás, ir feliz por lo que se tiene y lo que se aporta, al mundo y a las personas.

Y aún más cuando se trata de niños.

La felicidad no se produce por grandes golpes de fortuna, que ocurren raras veces, sino por pequeñas ventajas que ocurren todos los días.

Benjamin Franklin

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